Dois Textos de Juan José Tamayo
sobre Jon Sobrino


ION SOBRINO, ENTRE EL MARTIRIO Y LA LIBERACIÓN
El País, 13 de Março de 2007

Sobrino es uno de los más cualificados teólogos latinoamericanos de la liberación. Su pensamiento está influido por los teólogos Karl Rahner y Jürgen Moltmann y por la filosofía de Xavier Zubiri a través de Ignacio Ellacuría. Pero no se limita a reproducir escolarmente la enseñanza de sus maestros. Su principal aportación radica en la historificación de los contenidos teológicos, y su re-ubicación y recategorización en el contexto de los oprimidos.

Su influencia va más allá de América Latina y se extiende a otros contextos del Tercer Mundo y del Primer Mundo. Sus investigaciones son una de las elaboraciones teológicas más consistentes y mejor fundamentadas de la teología latinoamericana y, en general, de la teología católica posconciliar. Así lo reconocía Jürgen Moltmann comentando la “obra mayor” de la que son editores Ellacuría y Sobrino Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación. Desde hace seis lustros ha venido siendo objeto de una intensa vigilancia doctrinal por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que ha desembocado en una severa condena de su cristología, no sin antes tergiversar sus textos.

Cinco son los campos de reflexión en los que el teólogo hispano-salvadoreño ha hecho aportaciones relevantes: el método teológico, la reflexión sobre Jesús de Nazaret, la concepción de la Iglesia, la espiritualidad y Dios. Todo ello en el horizonte de la teología de la liberación, de la que es uno de sus principales teóricos.

La teología de Sobrino tiene una ubicación bien definida: las mayorías populares de América Latina, y muy especialmente de El Salvador, pequeño país centroamericano desangrando por una guerra de casi veinte años con más de 80.000 muertos y cientos de miles de desplazados y exiliados. El horizonte de su reflexión es el principio-misericordia. La teología, cree, no puede limitarse a ser una fría y objetivista inteligencia de la fe que pase de largo ante el sufrimiento de los seres humanos, como el sacerdote y el levita de la Parábola del Buen Samaritano. Ha de entenderse, más bien, como inteligencia del amor y de la misericordia, que se hace cargo del dolor de las víctimas desde la com-pasión, denuncia a quienes lo provocan y toma partido por los empobrecidos. La misericordia no es sólo un sentimiento anímico que se mueva en la superficie y se quede en las obras piadoso-caritativas, sino que, a su juicio, informa todas las dimensiones del ser humano y de la existencia cristiana: conocimiento, esperanza, praxis, celebración, etc. El referente de esta teología misericorde y compasiva es el Buen Samaritano.

Junto con otros teólogos de la liberación, como Leonardo Boff y Juan Luis Segundo, ha contribuido de manera decisiva al desarrollo de una cristología latinoamericana elaborada desde el mundo de los pobres como lugar social-teologal, que da que pensar, capacita a pensar, enseña a pensar y lleva derechamente a Jesús de Nazaret, el Cristo Liberador. Es una cristología guiada por el principio ético de la parcialidad a favor de los empobrecidos y por los principios hermenéuticos de la esperanza y la praxis.

Su primera obra cristológica data de 1976: Cristología desde América Latina. La clave es el seguimiento de Jesús. Seis años más tarde aparecía Jesús en América Latina. La tercera obra de su corpus cristológico es Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, publicada en 1991. La cuarta y última es La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas, de 1998.

El objetivo de la reflexión cristológica de Sobrino es recuperar al Jesús histórico y lo más histórico de Jesús de Nazaret: su práctica liberadora, que constituye el ámbito privilegiado para acceder a Jesús en su totalidad y para elaborar una cristología históricamente significativa. Subraya el carácter relacional de Jesús con respecto a Dios y su Reino. Jesús no es para sí lo absolutamente último. Su persona está referida al Reino como utopía de la liberación integral que va historizándose y a Dios en quien tiene puesta su confianza. Pone el acento en la cruz y la resurrección. De la primera destaca tres aspectos inseparables: el histórico, que intenta responder a la pregunta “por qué matan a Jesús”; el teológico, que concierne al sentido de esa muerte y responde a la pregunta “por qué muere Jesús”; y la conjunción de ambas, que relaciona la muerte de Cristo con el Dios crucificado y con los pueblos crucificados de la tierra. Su reflexión sobre la resurrección se centra en el Dios de Jesús que hace justicia a las víctimas poniéndose de su lado y devolviéndoles la vida. Tema central en la cristología de Sobrino es el seguimiento de Jesús, que representa la exigencia específica del propio Jesús, la condición epistemológica para su conocimiento y el principio estructurante y jerarquizador de la vida cristiana.

Sobrino ha desarrollado una amplia producción eclesiológica, articulada en torno a los pobres, que son el principio de constitución, estructuración, organización y misión de la Iglesia, la mediación última de la realidad trascendental de la Iglesia, así como la encarnación y la manifestación del Espíritu de Jesús. Los pobres señalan la dirección a seguir por las estructuras administrativas, cultuales y dogmáticas de la Iglesia. La nueva forma de ser Iglesia es la Iglesia de los pobres, donde se realizan mejor que en otras formas eclesiales las notas características de la Iglesia cristiana: unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad. Así lo pone de manifiesto en Resurrección de la verdadera Iglesia.

La espiritualidad es otro de los campos donde la reflexión de Sobrino brilla con luz propia. El teólogo hispano-salvadoreño saca a la espiritualidad cristiana del mundo de la ascética, la sitúa en el horizonte de una antropología unitaria y la integra en la teología, y en concreto en una teología liberadora. La espiritualidad no es una actividad autónoma del sujeto, sino que está relacionada con la totalidad de lo real. Es constitutiva del ser humano como lo son la corporeidad, la socializad y la practicidad y se convierte en una dimensión tan primigenia y necesaria del ser cristiano como la liberación. Sobrino destaca la conexión la conexión entre espíritu y práctica, liberación y seguimiento de Jesús, vida espiritual y existencia histórica. La liberación necesita tanto de la práctica como del espíritu. Sin espíritu, la práctica se ve amenazada de degeneración; sin práctica, el espíritu permanece vago, indefinido, con tendencia a generar alienación. La vida espiritual ha de verificarse históricamente en la práctica de la justicia. La santidad no puede quedarse en la esfera privada, sino que tiene que influir en el cambio de las estructuras. El encuentro entre espiritualidad y liberación da como resultado la “santidad política”. En definitiva, la dualidad espiritualidad-liberación, cree Sobrino, expresa la totalidad del ser humano.

En su reflexión sobre Dios parte de la experiencia religiosa latinoamericana, que le lleva a descubrir tres dimensiones fundamentales: el Dios de la vida, el Dios de la historia y el Dios del misterio. En un continente donde la vida de las mayorías oprimidas se ve amenazada a diario, Dios aparece constitutivamente como generador, defensor y garante de la vida, y es experimentado como protesta última contra la muerte de sus criaturas. En América Latina lo opuesto a la fe en Dios no es el ateísmo, sino la idolatría, el culto a los ídolos de la muerte. La afirmación del Dios de la vida lleva derechamente a optar por la vida de los pobres e incluso a dar la propia vida como hizo Jesús. Aun cuando Dios no puede historificarse de forma adecuada, sí pone en marcha realidades históricas, a las que da una dirección y un significado último. La fe en Dios da forma histórica a la utopía de Dios. El Dios de Jesús que se revela como Dios de los pobres, sigue siendo misterio que, en su cercanía a los seres humanos, es mayor que las ideas y expectativas que podamos forjarnos de él; misterio inmanipulable que desenmascara las falsificaciones y manipulaciones de la religión.

El asesinato de seis compañeros jesuitas y de dos mujeres salvadoreñas en noviembre de 1989 a manos de miembros del Ejército salvadoreño, estableció un antes y un después en la vida y la obra de Sobrino, marcadas desde entonces por el sello del martirio. Seguro que la condena del Vaticano dejará menos huella en su vida y en su trabajo intelectual que la muerte de sus hermanos de la UCA.


ION SOBRINO: HACER TEOLOGÍA DESDE LA VÍCTIMAS

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha emitido una Notificación sobre dos libros del teólogo hispano-salvadoreño Ion Sobrino Jesucristo liberador y La fe en Jesucristo. Ensayo sobre las víctimas, en lOs que dice haber encontrado “diversas proposiciones erróneas o peligrosas que pueden causar daño a los fieles”.

Me gustaría hacer una reflexión serena sobre uno de esos libros, La fe en Jesucristo, publicada en 1998, que considero una de las obras mayores de la cristología del siglo XX, al lado de Jesucristo, de Karl Adam, Ser cristiano, de Hans Küng, Jesús el Cristo, de Walter Kasper, Jesucristo y la liberación del hombre, de Leonardo Boff, El hombre de hoy ante Jesús de Nazaret, de Juan Luis Segundo, Jesús. La historia de un Viviente, de Edward Schillebeeckx, y Cristología feminista crítica, de Elisabeth Schüsler Fiorenza, entre otras.

Según el filósofo Karl Jaspers, Jesús de Nazaret es una de las personalidades decisivas en la historia de la humanidad junto con Confucio, Buda y Sócrates. Aun habiendo nacido en el seno de la religión judía y siendo el iniciador del cristianismo, trasciende las diferentes tradiciones religiosas que pretenden apropiarse de él y rompe los moldes dogmáticos en que se le ha querido encerrar. Hasta el presente ha conseguido librarse de las sucesivas crisis que desde hace siglos viene sufriendo el cristianismo occidental por mor de la crítica moderna y posmoderna de la religión.

Jesús de Nazaret es objeto de estudio desde las más plurales disciplinas y desde las ópticas más dispares. La obra Ion Sobrino se sitúa en el ámbito teológico, y más en concreto en la óptica de la teología latinoamericana de la liberación. Su perspectiva es doble: la realidad de la fe y la realidad de las víctimas, ambas estrechamente relacionadas. Sobrino no reduce la fe a una actitud religiosa intimista y recluida en el templo, sino que la amplia a la totalidad de la persona y a la totalidad de la realidad. La fe no se queda en la respuesta a la pregunta sobre si Jesús es divino o no, o si es humano o no; exige tomar postura a partir de él ante la realidad en sus diferentes dimensiones. En otras palabras, la fe en Jesucristo es más que fe en él; es una fe totalizante, que demanda a los cristianos y cristianas hacerse cargo de la realidad en clave de utopía y transformarla en el horizonte de los valores del reino de Dios. Tiene, por tanto, un componente ético, amén de religioso, ambos inseparables.

Ello quiere decir que el imaginario cristiano es capaz de plantear interrogantes significativos, de ofrece respuestas que tienen que ver con lo humano y, en esa medida, puede ayudar a buscar alternativas humanizadoras para nuestro mundo tan deshumanizado. Se trata de una concepción global de la fe, inspirada directamente en Rahner e indirectamente en Zubiri, maestro de Ignacio Ellacuría, asesinado junto a otros seis jesuitas y dos mujeres salvadoreñas.

Especial relevancia tiene el lugar desde donde Sobrino hace su reflexión sobre Jesús de Nazaret: las víctimas. Como ya hiciera ver Habermas, no hay conocimiento sin interés. Tampoco conocimiento teológico. Esto lo sabe muy bien el teólogo hispano-salvadoreño, para quien la teología no es un saber socialmente neutro, ni históricamente desmemoriado, ni políticamente apartidario, ni éticamente indiferente, sino que responde a un para qué y a un para quién, se ubica siempre en un determinado lugar y responde a un interés. El interés de la teología de la liberación es decididamente emancipatorio: la liberación de los pobres o, para expresarlo con categorías benjaminianas, la rehabilitación de las víctimas.

Nuestro mundo, afirma Sobrino, es un mundo de víctimas, de personas excluidas, que constituyen una nueva edición, aumentada y refinada, de Auschwitz. Si Auschwitz fue, hace más sesenta años, la vergüenza de la humanidad, hoy lo es la exclusión de miles de millones de seres humanos, la muerte de millones de personas indefensas que no tienen ningún tribunal al que recurrir para defender su inocencia y para denunciar a los culpables. Los excluidos constituyen el gran relato de nuestro tiempo. Sin embargo, sobre ellos se tiende un tupido velo de silencio, más aún, de encubrimiento, con la intención de negar su existencia, al tiempo que se generaliza una cultura de la indiferencia.

Sobrino rescata a las víctimas del olvido y de la indeferencia de que son objeto y las sitúa en el centro de su reflexión. Ellas no ofrecen, es verdad, una solución mecánica a la comprensión de los textos del Nuevo Testamento y de las declaraciones doctrinales posteriores sobre Jesús de Nazaret, pero sí plantean preguntas sobre su significado, desenmascaran las intenciones a veces regresivas de sus autores y expresan sospechas sobre sus intérpretes oficiales, que tienden a poner los textos al servicio de la institución eclesiástica, más que al servicio de los desheredados de la tierra. La perspectiva de las víctimas ayuda a conocer a Jesús en clave de seguimiento de su causa, que es "el reino de Dios para los pobres", y a leer los documentos "revelados" en clave liberadora. Aporta luz y utopía, acogida y perdón, al tiempo que esperanza para el presente de las víctimas, y no sólo para el futuro.

Ésta es la original y comprometida perspectiva que guía la reflexión de Sobrino en sus tres núcleos fundamentales. El primero es la resurrección de Cristo, cuyo centro de atención es el Dios de Jesús que hace justicia a las víctimas poniéndose de su lado. El segundo se refiere a los títulos atribuidos por el Nuevo Testamento a Jesús de Nazaret: mediador, mesías, señor, hijo de Dios, hijo del Hombre, Buena Noticia, etc., re-leídos desde América Latina a luz de la esperanza de los empobrecidos. El tercero es el de los dogmas cristológicos en su dialéctica humanidad-divinidad, que Sobrino afirma en su totalidad con rigor terminológico, coherencia doctrinal y credibilidad histórica. No hay merma o vaciamiento de la divinidad a favor de la humanidad, como tampoco minusvaloración de ésta a favor de una divinidad desvinculada de la historia. La perspectiva de las víctimas ayuda a descubrir nuevas dimensiones humanizadoras del Dios de Jesús, aporta una concepción global de la salvación y contribuye a replantear el universalismo desde los excluidos, ausentes, a veces, en la teología dogmática católica.

La obra de Sobrino no cae en el mecanismo victimario, que con frecuencia ha caracterizado a la teología cristiana y a las prácticas ascéticas. Las víctimas no son condición necesaria para la reconciliación; constituyen, más bien, un obstáculo. La reconciliación no se logra recurriendo al sacrificio de las víctimas, sino a través de la práctica de la justicia y de la misericordia, en plena sintonía con el mensaje de los profetas de Israel y de Jesús de Nazaret: “Misericordia, no sacrificios”. Este planteamiento responde a la concepción del filósofo de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer sobre la teología como "la esperanza de que la injusticia que caracteriza al mundo no pueda permanecer así, y lo injusto no pueda considerarse como la última palabra", y como expresión de un anhelo: "que el asesino no pueda triunfar sobre la víctima inocente".

El libro de Ion Sobrino merece una lectura desde la solidaridad con las v& iacute;ctimas y no desde la rígida e inmisericorde ortodoxia, como la que ha hecho el Vaticano.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la universidad Carlos III de Madrid y autor de Para comprender la Teología de la Liberación (Verbo Divino, Estella, 2000)

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