Dal Guatemala un Appello al Papa per la riforma della Chiesa





QUE LA ALEGRÍA DEL JUBILEO LLEGUE TAMBIÉN
A LOS MARGINADOS DENTRO DE LA IGLESIA.

CARTA ABIERTA
DE UN GRUPO DE QUINZE SACERDOTES CASADOS Y SUS ESPOSAS
A JUAN PABLO II

Santidad:

Somos un grupo de sacerdotes casados y esposas que, junto con nuestros hijos
e hijas, nos reunimos periódicamente, con la convicción de que somos
Iglesia, para reflexionar sobre la realidad social y religiosa que afecta
nuestras vidas y la vida de millones de personas en nuestros países
empobrecidos y marginados y así colaborar en la construcción del Reino de
Dios y de una sociedad más justa y fraterna.

En la Palabra de Dios buscamos motivos de esperanza para seguir caminando y
la luz que ilumine nuestros pasos para avanzar "en medio de tinieblas, sin
miedo a caer" (Salmo 23).

Hemos seguido con interés todo el proceso del Año Jubilar, desde su
proclamación, pasando por los tres años de preparación, hasta el momento de
su celebración actual.

Hemos visto con agrado y satisfacción algunos gestos proféticos que su
Santidad ha realizado, como signos de las transformaciones profundas que nos
demanda el Año Santo Jubilar, en los umbrales del Tercer Milenio del
Nacimiento de Jesús. Queremos mencionar algunos de los que nos parecen más
significativos:

· Pedir perdón a los judíos por la represión que sufrieron de parte
de la Iglesia durante estos dos mil años.
· Pedir perdón a las víctimas de la intolerancia y de la represión
que ejerció la Iglesia contra los que pensaban diferente, por ejemplo, en
tiempos de la Inquisición.
· Buscar la reconciliación con otras confesiones cristianas y con
otras religiones, reconociendo la culpa de la Iglesia en tantos conflictos y
guerras religiosas, que ensangrentaron la historia de la humanidad en estos
dos mil años.
· Asumir un firme compromiso a favor de la condonación de la deuda
externa a los países más pobres de la tierra.

Desde nuestro contexto latinoamericano, lamentamos la ausencia de una
condena explícita de la violencia física y cultural que ejerció la Iglesia,
de la mano con las Coronas Española y Portuguesa, contra los pueblos
indígenas y negros, durante la invasión y colonización de América.

Sin embargo, los gestos expresados son dignos de mención. Expresan el deseo
de un cambio y de una conversión social muy en consonancia con el espíritu
jubilar. La Historia se los reconocerá.

Seguramente podríamos mencionar algunos más. Pero nuestra percepción es que
se refieren fundamentalmente a hechos del pasado y/o a personas que están
fuera de la Iglesia. Son gestos hacia fuera. Pensamos que el Jubileo debe
orientarse sobre todo hacia los problemas del presente y del futuro de la
humanidad, principalmente de las personas que estamos dentro de la misma
Iglesia.

Al igual que el Jubileo Bíblico buscaba introducir medidas correctoras, para
retomar el proyecto original del Pueblo de Dios, así el Jubileo actual nos
debe llevar a una revisión de las estructuras, leyes y costumbres de la
Iglesia, para retomar el espíritu del Evangelio y de la práctica de Jesús.

Es el "kairós", la gran oportunidad, para realizar una liberación profunda
de todas las injusticias, opresiones y esclavitudes que se fueron
incrustando al interior de la Iglesia, en estos dos mil años de encarnación
del Evangelio en la Historia de diferentes pueblos y culturas.


Mencionaremos algunos casos, como ejemplos de otros muchos que se podrían
señalar:

· Es el momento de romper con una centralización verticalista, que
contradice la práctica de las Primeras Comunidades Cristianas y las
enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la Colegialidad y el Pueblo de
Dios. Las Conferencias Episcopales y las iglesias locales del mundo entero
sentirán que se les está haciendo justicia.
· Es el momento oportuno para que se promueva una Iglesia Autóctona,
reconociendo y respetando las milenarias culturas y creencias de los pueblos
indígenas, negros y garífunas, que secularmente han sido desvalorizadas y
satanizadas. Así estos pueblos marginados podremos sentir la liberación de
Dios que "no hace diferencia entre las personas, sino que acepta a todo el
que lo honra y obra justamente, sea de la nación que sea" (Hec. 10, 34-35).
· Es la hora de concretizar la opción preferencial por los pobres,
reestructurando las Instituciones y el funcionamiento de la Iglesia, para
que pueda servir del mejor modo posible a las mayorías empobrecidas del
tercer mundo. Este será el gran signo de la Nueva Evangelización y hará
sentir a los pobres la alegría de ser los "preferidos en el Reino de Dios".
· Es la ocasión propicia para reconocer la igual dignidad de la
mujer y el hombre dentro de la Iglesia, eliminando todas las leyes que
discriminan a la mujer y le niegan el derecho "de enseñar, regir y
santificar", actualmente monopolio exclusivo de los varones. Así las mujeres
cristianas nos sentiremos liberadas de la secular marginación religiosa y
podremos asumir nuestra plena responsabilidad en la misión de la Iglesia,
como verdaderas discípulas de Jesús.
· Es la oportunidad para poner en práctica la enseñanza del Vaticano
II sobre el papel de los laicos y laicas en la sociedad y en la Iglesia,
terminando con una práctica pastoral y una legislación canónica, que
prácticamente sólo nos han tomado en cuenta para obedecer y ofrendar. Así
nos daremos cuenta de que estamos pasando de ser objetos de la acción
eclesial a ser sujetos de la Iglesia Pueblo de Dios.
· Es un momento propicio para revisar la moral sexual y familiar en
puntos como la planificación familiar, los anticonceptivos, el divorcio, la
masturbación, la homosexualidad, etc. Así podremos vivir una moral más
positiva y humana, que nos oriente y responda mejor a las realidades
actuales.
· Es el tiempo preciso para terminar con la Ley del Celibato
obligatorio, que excluye del Ministerio sacerdotal a miles de personas que
desean vivir su sacerdocio en el seno de una familia, tal como lo recomienda
el mismo San Pablo en 1 Tim 3, 2-4: "El obispo debe ser marido de una sola
mujer... Un hombre que sepa dirigir su propia casa y cuyos hijos le obedecen
y respetan. Pues, si no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo dirigiría la
familia de Dios?". De esta manera estaremos liberando a muchos sacerdotes de
tener que abandonar el ministerio o verse forzados a llevar una doble vida,
liberando a la vez a sus compañeras, principales víctimas de esta situación.
· Es la hora de Dios para reivindicar a los miles de sacerdotes
"reducidos" al estado laical, por querer vivir conforme a las
recomendaciones de San Pablo, que hemos visto en el punto anterior. Se nos
niegan los derechos comunes a cualquier cristiano y se hace caer sobre
nosotros una culpabilidad tan grande, que nos hace sentir como los leprosos,
los "sidosos" dentro de la Iglesia. En nombre de Jesús, que proclamó el Año
de la Gracia, y en nombre del Jubileo Santo, reclamamos el derecho a no ser
marginados y a poder colaborar en la construcción de una Iglesia toda ella
ministerial, donde se viva la justicia, la igualdad y la fraternidad; donde
"no hay diferencia entre judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y
mujeres" (Gal.3,28).

Hermano Juan Pablo II: Si el Jubileo tiene una palabra de salvación para
estas situaciones humanas, podremos decir que "el Reino de Dios se está
acercando a nosotros" y el júbilo de la liberación habrá sonado para
millones de cristianos, que esperamos con ansiedad el Año de la Gracia de
nuestro Dios.


Guatemala, 15 de septiembre del 2000,
Fiesta de la Virgen de los Dolores
y de la Independencia de Centro América.






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