V
CONFERENCIA GENERAL
DEL
EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE
DOCUMENTO
CONCLUSIVO
INTRODUCCIÓN
1.
Con
la luz del Señor resucitado y con la fuerza del Espíritu Santo, Obispos de
América nos reunimos en Aparecida, Brasil, para celebrar
2. Con alegría estuvimos reunidos con el
Sucesor de Pedro, Cabeza del Colegio Episcopal. Su Santidad Benedicto XVI, nos
ha confirmado en el primado de la fe en Dios, de su verdad y amor, para bien de
personas y pueblos. Agradecemos todas sus enseñanzas, especialmente su Discurso
Inaugural, que fueron iluminación y guía segura para nuestros trabajos. El
recuerdo agradecido de los últimos Papas, y en especial de su rico Magisterio
que ha estado también presente en nuestros trabajos, merece especial memoria y
gratitud.
3. Nos hemos sentido acompañados por la
oración de nuestro pueblo creyente católico, representado visiblemente por la
compañía del Pastor y los fieles de
4. El Evangelio llegó a nuestras tierras en
medio de un dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas. Las “semillas
del Verbo”[1]
presentes en las culturas autóctonas facilitó a nuestros hermanos indígenas
encontrar en el Evangelio respuestas vitales a sus aspiraciones más hondas:
“Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente”[2].
La visitación de Nuestra Señora de Guadalupe fue acontecimiento decisivo para
el anuncio y reconocimiento de su Hijo, pedagogía y signo de inculturación de
la fe, manifestación y renovado ímpetu misionero de propagación del Evangelio[3].
5. Desde la primera evangelización hasta los
tiempos recientes
6. Por eso, ante todo damos gracias a Dios y
lo alabamos por todo lo que nos ha sido regalado. Acogemos la realidad entera
del Continente como don: la belleza y riqueza de sus tierras, la riqueza de
humanidad que se expresa en las personas, familias, pueblos y culturas del
continente. Sobretodo nos ha sido dado Jesucristo, la plenitud de
7. La fe en Dios amor y la tradición católica
en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores riquezas. Se
manifiesta en la fe madura de muchos bautizados y en la piedad popular que
expresa “el amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y la
reconciliación (…), - el amor al Señor presente en
8. El don de la tradición católica es un
cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad de América Latina y El
Caribe: una realidad histórico-cultural, marcada por el Evangelio de Cristo,
realidad en la que abunda el pecado – de opresión, violencia, ingratitudes y
miserias – pero donde sobreabunda la gracia de la victoria pascual. Nuestra
Iglesia goza, no obstante debilidades y miserias humanas, de un alto índice de
confianza y de credibilidad por parte del pueblo. Es morada de pueblos hermanos
y casa de los pobres.
9.
10. Esta V Conferencia se propone “la gran
tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a
los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a
ser discípulos y misioneros de Jesucristo”[6].
Se abre paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias,
caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas
turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana y
hostil a la tradición cristiana, por la emergencia de variadas ofertas
religiosas que tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que
manifiestan nuestros pueblos.
11.
12. No resiste a los embates del tiempo una fe
católica reducida a bagaje, a elenco de normas y prohibiciones, a prácticas de
devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de
la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de
principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la
vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la
vida cotidiana de
13. En América Latina y El Caribe, cuando
muchos de nuestros pueblos se preparan a celebrar el bicentenario de su
independencia, nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de
ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe
cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los
pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante
con Cristo. Él se manifiesta como novedad de vida y de misión en todas las
dimensiones de la existencia personal y social. Esto requiere desde nuestra
identidad católica, una evangelización mucho más misionera, en diálogo con
todos los cristianos y al servicio de todos los hombres. De lo contrario, “el
rico tesoro del Continente Americano… su patrimonio más valioso: la fe en Dios
amor…”[10]
corre el riesgo de seguir erosionándose y diluyéndose en crecientes sectores de
la población. Hoy se plantea elegir entre caminos que conducen a la vida o
caminos que conducen a la muerte[11].
Caminos de muerte son los que llevan a dilapidar los bienes recibidos de Dios a
través de quienes nos precedieron en la fe. Son caminos que trazan una cultura
sin Dios y sin sus mandamientos o incluso contra Dios, animada por los ídolos
del poder, la riqueza y el placer efímero, la cual termina siendo una cultura
contra el hombre y contra el bien de los pueblos latinoamericanos. Caminos de
vida verdadera y plena para todos, caminos de vida eterna, son aquellos
abiertos por la fe que conducen a “la plenitud de vida que Cristo nos ha
traído: con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia
humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural”[12]
Esa es la vida que Dios nos participa por su amor gratuito, porque “es el amor
que da la vida”[13]. Estos caminos de vida fructifican los dones de verdad y de amor
que nos han sido dados en Cristo en la comunión de los discípulos y misioneros
del Señor, para que América latina y El Caribe sean efectivamente un continente
en el cual la fe, la esperanza y el amor renueven la vida de las personas y
transformen las culturas de los pueblos.
14. El Señor nos dice: “no tengan miedo” (Mt
28, 5). Como a las mujeres en la mañana de
15. En esta hora en que renovamos la esperanza
queremos hacer nuestras las palabras de SS. Benedicto XVI al inicio de su
Pontificado y proclamarlas para toda América Latina: ¡No teman! ¡Abran, más
todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!…quien deja entrar a Cristo
no pierde nada, nada –absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella
y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con
esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición
humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos
libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da
a él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a
Cristo y encontrarán la verdadera vida[15].
16. “Ésta V Conferencia General se celebra en
continuidad con las otras cuatro que la precedieron en Río de Janeiro,
Medellín, Puebla y Santo Domingo. Con el mismo espíritu que las animó, los
pastores quieren dar ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que
estos pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y
testigos de Jesucristo con su propia vida”[16].
Como pastores de
17. Nuestra alegría, pues, se basa en el amor del Padre, en la participación en el misterio
pascual de Jesucristo quien, por el Espíritu Santo, nos hace pasar de la muerte
a la vida, de la tristeza al gozo, del absurdo al hondo sentido de la
existencia, del desaliento a la esperanza que no defrauda. Esta alegría no es
un sentimiento artificialmente provocado ni un estado de ánimo pasajero. El
amor del Padre nos ha sido revelado en Cristo que nos ha invitado a entrar en
su reino. El nos ha enseñado a orar diciendo “Abba, Padre” (Rm 8, 15; cf. Mt 6,
9).
18. Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro
gozo; seguirlo es una gracia, y trasmitir este tesoro a los demás es un encargo
que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado. Con los ojos iluminados
por la luz de Jesucristo resucitado podemos y queremos contemplar al mundo, a
la historia, a nuestros pueblos de América Latina y de El Caribe, y a cada una
de sus personas.
PRIMERA PARTE
19. Este documento continúa la práctica del
método “ver, juzgar y actuar”, utilizado en anteriores Conferencias Generales
del Episcopado Latinoamericano. Muchas voces venidas de todo el Continente
ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este método ha
colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en
CAPÍTULO 1
LOS DISCÍPULOS MISIONEROS
20. Nuestra reflexión acerca del camino de las
Iglesias de América Latina y del Caribe tiene lugar en medio de luces y sombras
de nuestro tiempo. No nos afligen ni desconciertan los grandes cambios que
experimentamos. Hemos recibido dones inapreciables, que nos ayudan a mirar la
realidad como discípulos misioneros de Jesucristo.
21. La presencia cotidiana y esperanzada de
incontables peregrinos nos ha recordado a los primeros seguidores de Jesucristo
que fueron al Jordán, donde Juan bautizaba, con la esperanza de encontrar al
Mesías (cf. Mc 1, 5). Quienes se sintieron atraídos por la sabiduría de sus
palabras, por la bondad de su trato y por el poder de sus milagros, por el
asombro inusitado que despertaba su persona llegaron a ser discípulos de Jesús.
Al salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (cf. Lc 1, 79) su vida
adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con el don
del Padre. Vivieron la historia de su pueblo y de su tiempo y pasaron por los
caminos del Imperio Romano, sin olvidar nunca el encuentro más importante y
decisivo de su vida que los había llenado de luz, de fuerza y de esperanza: el
encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida.
22. Así nos ocurre también a nosotros al mirar
la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia, con sus valores, sus
limitaciones, sus angustias y esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos,
permanecemos en el amor de Cristo viendo nuestro mundo, tratamos de discernir
sus caminos con la gozosa esperanza y la indecible gratitud de creer en Jesucristo.
El es el Hijo de Dios verdadero, el único Salvador de la humanidad. La
importancia única e insustituible de Cristo para nosotros, para la humanidad,
consiste en que Cristo es el Camino,
23. En este encuentro queremos expresar la
alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del
Evangelio. Ser cristiano no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha
bendecido en Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo.
24. Bendito sea Dios Padre de nuestro Señor
Jesucristo que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones en la persona de
Cristo (cf. Ef 1, 3). El Dios de
25. Bendecimos a Dios con ánimo agradecido,
porque nos ha llamado a ser instrumentos de su Reino de amor y de vida, de
justicia y de paz, por el cual tantos se sacrificaron. El mismo nos ha
encomendado la obra de sus manos para que la cuidemos y la pongamos al servicio
de todos. Agradecemos a Dios por habernos hecho sus colaboradores para que
seamos solidarios con su creación con responsabilidad ecológica. Bendecimos a
Dios que nos ha dado la naturaleza creada que es su primer libro para poder
conocerlo y vivir nosotros en ella como en nuestra casa.
26. Damos gracias a Dios que nos ha dado el
don de la palabra, con la cual nos podemos comunicar entre nosotros y con El
por medio de su Hijo, que se ha hecho Palabra para nosotros. Damos gracias a El
que por su gran amor nos ha hablado como amigos (cf. Jn 15, 14-15). Bendecimos
a Dios que se nos da en la celebración de la fe, especialmente en
27. Iluminados por Cristo, el sufrimiento, la
injusticia y la cruz nos interpelan a vivir como Iglesia samaritana (cf. Lc 10,
25-37) recordando que “la evangelización ha ido unida siempre a la promoción
humana y a la auténtica liberación cristiana”[19].
Damos gracias a Dios y nos alegramos por la fe, la solidaridad y la alegría
características de nuestros pueblos trasmitidas a lo largo del tiempo por las
abuelas y los abuelos, las madres y los padres, los catequistas, los rezadores
y tantas personas anónimas cuya caridad ha mantenido viva la esperanza en medio
de las injusticias y adversidades.
28.
29. La historia de la humanidad transcurre
bajo la mirada compasiva de Dios a la que nunca abandona. También a este mundo
nuestro, Dios ha amado tanto que nos ha enviado a su Hijo. El anuncia la buena
noticia del Reino a los pobres y a los pecadores. Por esto nosotros como
discípulos de Jesús y misioneros queremos y debemos proclamar el Evangelio, que
es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su
existencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder
salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que
alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos
somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de
desventuras.
30.
31. En el rostro de Jesucristo, muerto y
resucitado, maltratado por nuestros pecados y glorificado por el Padre, en ese
rostro doliente y glorioso[20],
podemos ver, con la mirada de la fe el rostro humillado de tantos hombres y
mujeres de nuestros pueblos y al mismo tiempo su vocación a la libertad de los
hijos de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a la
fraternidad entre todos.
32. La alegría que hemos recibido en el
encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y
redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las
adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de
Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al
borde del camino pidiendo limosna y compasión (cf. Lc 10, 29-37; 18, 25-43). La
alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y
agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un
sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que
serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios.
Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo
encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a
conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.
CAPÍTULO 2
MIRADA DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS SOBRE
2.1 La realidad que nos interpela
como discípulos y misioneros
33. Los pueblos de América Latina y de El
Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan
profundamente sus vidas y que, como discípulos de Jesucristo, nos sentimos
interpelados a discernir los “signos de los tiempos”, a la luz del Espíritu
Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para
que todos tengan vida y “para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10).
34. La novedad de estos cambios, a diferencia
de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con
diferencias y matices, afectan al mundo entero. Habitualmente se los
caracteriza como el fenómeno de la globalización. Factor determinante de estos
cambios es la ciencia y la tecnología, con su capacidad de manipular
genéticamente la vida misma de los seres vivos, y con su capacidad de crear una
red de comunicaciones de alcance mundial, tanto pública como privada, para
interactuar en tiempo real, es decir, con simultaneidad, no obstante las
distancias geográficas. Como suele decirse, la historia se ha acelerado y los
cambios mismos se vuelven vertiginosos, puesto que se comunican con gran
velocidad a todos los rincones del planeta.
35. Esta nueva escala mundial del fenómeno
humano trae consecuencias para todos los ámbitos de la vida social, impactando
la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte,
las artes y también, naturalmente, la religión. No nos corresponde, como
pastores de
36. En este nuevo contexto social, la realidad
se ha vuelto para el ser humano cada vez más opaca y compleja. Esto quiere
decir, que cualquier persona individual necesita siempre más información de la
que dispone, si quiere ejercer sobre la realidad el señorío al que por vocación
está llamada a realizar. Este hecho no es por sí mismo negativo. Nos ha
enseñado a mirar la realidad cada vez con más humildad, sabiendo que ella es
más grande y compleja que las simplificaciones ideológicas con que solíamos
verla en un pasado aún no demasiado lejano y que, en muchos casos, introdujeron
conflictos dentro de la sociedad que dejaron muchas heridas que aún no logran
cicatrizar. Pero también ha introducido la dificultad de que a la conciencia
humana le cuesta percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan
de la información que recolectamos. Es frecuente que algunos quieran mirar la
realidad unilateralmente desde la información económica, otros desde la
información política o científica, otros desde el entretenimiento y el
espectáculo. Sin embargo, ninguno de estos criterios parciales logra
proponernos un significado coherente para todo lo que existe. Cuando las
personas perciben esta fragmentación y limitación, suelen sentirse frustradas,
ansiosas, angustiadas. La realidad social resulta demasiado grande para una
conciencia que, teniendo en cuenta su falta de saber e información, fácilmente
se cree insignificante, sin injerencia alguna en los acontecimientos, aun
cuando sume su voz a otras voces que buscan ayudarse recíprocamente.
37. Esta es la razón por la cual muchos
estudiosos de nuestra época han sostenido que la realidad ha traído aparejada
una crisis del sentido. Ellos no se refieren a los múltiples sentidos parciales
que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al
sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia, y
que los creyentes llamamos el sentido religioso. Habitualmente, este sentido se
pone a nuestra disposición a través de nuestras tradiciones culturales que
representan la hipótesis de realidad con la que cada ser humano pueda mirar el
mundo en que vive. Conocemos, en nuestra cultura latinoamericana, el papel tan
noble y orientador que ha jugado la religiosidad popular, especialmente la
devoción mariana, que ha logrado persuadirnos de nuestra común condición de
hijos de Dios y de nuestra común dignidad ante sus ojos, no obstante las
diferencias sociales, étnicas o de cualquier otro tipo.
38. Sin embargo, debemos admitir que esta
preciosa tradición comienza también a erosionarse. La mayoría de los medios
masivos de comunicación nos presentan ahora nuevas imágenes, atractivas y
llenas de fantasía, que aunque todos saben que no pueden mostrar el sentido
unitario de todos los factores de la realidad, ofrecen al menos el consuelo de
ser transmitidas en tiempo real, en vivo y en directo, con actualidad. Lejos de
llenar el vacío que en nuestra conciencia se produce por la falta de un sentido
unitario de la vida, en muchas ocasiones la información transmitida por los
medios sólo nos distrae. La falta de información sólo se subsana con más
información, retroalimentando la ansiedad de quien percibe que está en un mundo
opaco y que no comprende.
39. Este fenómeno explica tal vez uno de los
hechos más desconcertantes y novedosos que vivimos en el presente. Nuestras
tradiciones culturales ya no se transmiten de una generación a otra con la
misma fluidez que en el pasado. Ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo
de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa, que resulta ahora
igualmente difícil de transmitir a través de la educación y de la belleza de
las expresiones culturales, alcanzando aún hasta la misma familia que, como
lugar del diálogo y de la solidaridad intergeneracional, había sido uno de los
vehículos más importantes de la transmisión de la fe. Los medios de
comunicación han invadido todos los espacios y todas las conversaciones,
introduciéndose también en la intimidad del hogar. Al lado de la sabiduría de
las tradiciones se ubica ahora, en competencia, la información de último
minuto, la distracción, el entretenimiento, las imágenes de los exitosos que
han sabido aprovechar en su favor las herramientas tecnológicas y las
expectativas de prestigio y estima social. Ello hace que las personas busquen
denodadamente una experiencia de sentido que llene las exigencias de su
vocación allí donde no podrán jamás encontrarla.
40. Entre los presupuestos que debilitan y
menoscaban la vida familiar encontramos la ideología de género, según la cual
cada uno puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las
diferencias dadas por la naturaleza humana. Esto ha provocado modificaciones
legales que hieren gravemente la dignidad del matrimonio, el respeto al derecho
a la vida y la identidad de la familia.
41. Por ello los cristianos necesitamos
recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su
misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido.
Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su
seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo,
que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de
nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la
ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán
proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1, 30), la
cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se
puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a
la luz del Evangelio y dando a cado uno su sitio y su dimensión adecuada.
42. Como nos dijo el Papa en su discurso
inaugural: “sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a
ella de modo adecuado y realmente humano”[21].
La sociedad que coordina sus actividades nada más que con información, cree que
puede operar de hecho como si Dios no existiese. Pero la eficacia de los
procedimientos lograda mediante información, aún con las tecnologías más
desarrolladas, no logra satisfacer el anhelo de dignidad inscrito en lo más
profundo de la vocación humana. Por ello, no basta suponer que la mera
diversidad de puntos de vista, de opciones y, finalmente, de informaciones, que
suele recibir el nombre de pluri o multiculturalidad, resolverá la ausencia de
un significado unitario para todo lo que existe. La persona humana es, en su
misma esencia, aquel lugar de la naturaleza donde converge la variedad de los
significados en una única vocación de sentido. A las personas no les asusta la
diversidad. Lo que les asusta más bien es no lograr reunir el conjunto de todos
estos significados de la realidad en una comprensión unitaria que le permita
ejercer su libertad con discernimiento y responsabilidad. La persona busca
siempre la verdad de su ser, puesto que es esta verdad la que ilumina la
realidad de tal modo que pueda desenvolverse en ella con libertad y alegría,
con gozo y esperanza.
2.1.1 Situación Sociocultural